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Leo en el periódico: “el 70% de los tartamudos son zurdos”. Y más “el hemisferio izquierdo del cerebro regula el lenguaje; el tartamudeo, según algunos, se debería a que, en algunos zurdos, ambas mitades cerebrales compiten por controlar el lenguaje”.

Pero leo también, en un artículo, que no es cierto que haya más tartamudos zurdos ni más zurdos tartamudos ( http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/11117016?dopt=Abstract).

En la flamante ganadora del último Oscar, “El discurso del rey”, del director Tom Hooper, el protagonista, El Rey Jorge VI de Reino Unido, se ve obligado a reinar tras la abdicación de su  hermano Eduardo VIII. El rey es tartamudo y por este motivo, busca a un terapeuta de trastornos del habla, Lionel Logue, que tiene unos métodos poco ortodoxos.

Pero el rey…¿era zurdo?

Recapitulemos. El rey era tartamudo por definición: es tartamudo (o disfémico) quién presenta un trastorno que afecta a la fluidez del habla y la organización temporal del discurso, repetición de sílabas, uso de monosílabos, uso de interjecciones, alargamiento de los sonidos, muletillas y bloqueos. Y el rey Jorge VI cumplía todos los requisitos.

http://www.youtube.com/watch?v=nlln4nI2gZY

El origen genético de la disfemia se apoya en la que existe una predisposición para contraer los músculos de la cara ante una situación incómoda o situaciones en donde se encuentra tenso. Y en que si uno es tartamudo, tiene más posibilidades de tener un hijo tartamudo. Algunas teorías psicológicas consideran que el tartamudeo es una respuesta aprendida y que la atención que se le presta al niño puede actuar como reforzador de la tartamudez. Otros creen que la disfemia es una respuesta a la ansiedad. La disfemia neurogénica es la producida por una lesión cerebral. Y la de origen psicógeno, la que aparece como resultado de un trauma severo.

¿Donde entra aquí la zurdera? Ser zurdo es tener una tendencia natural a utilizar preferentemente la parte izquierda del cuerpo.

Pero ¿por qué algunos asocian ser zurdo a ser tartamudo? Entre hemisferios anda el tema. En nuestro cerebro, el hemisferio izquierdo es el especialista en las siguientes funciones: lenguaje articulado, control motor del aparato fono-articular, lógica gramatical del lenguaje, sintaxis, fonética, memoria verbal, manejo de la información lógica, pensamiento proporcional, procesamiento de la información en series, información matemática, atención focalizada, control del tiempo y planificación, ejecución y toma de decisiones y memoria a largo plazo.

¿Y el derecho? Pues se encarga de las facultades viso-espaciales no verbales, especializado en sensaciones, sentimientos, prosodia y habilidades especiales, visuales y sonoras (artísticas y musicales). Integra varios tipos de información (sonidos, imágenes, olores, sensaciones) y los transmite como un todo.

Los diestros presentan dominancia por el hemisferio cerebral izquierdo. Pero los zurdos y los ambidiestros, pueden presentar dominancia izquierda, derecha o cruzada.

Conclusión: Todos podemos ser tartamudos, pero solo algunos pueden ser zurdos. Y muy pocos, pueden ser rey.

PD. No encontré al rey Jorge VI entre los zurdos más famosos de la historia. http://www.indiana.edu/~primate/left_sp.html

O no era zurdo o no era suficientemente famoso.

Roser Bosser

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Este es el texto base de un artículo publicado en Tercer Milenio, suplemento de El Heraldo de Aragón y que se puede ver aquí

 

Suena la canción I´m on fire, de Bruce Springsteen, esa en la que “el jefe” trabaja como mecánico en un taller de coches. De alguna manera siempre tuve una cierta fijación por ese tema en particular, a pesar de que su ritmo es más bien simple, no tiene la fuerza de otras y ni siquiera la letra es que revele ninguna verdad fundamental. Pero la escucho una y otra vez mientras me pregunto qué es lo que provoca dentro de mí, qué teclas pulsa, qué es lo que hace que pueda escucharla más de diez veces seguidas sin ninguna dificultad, sin hartarme de su melodía. Luego descubro que es uno de los ejemplos que se citan cuando se habla de temas con groove, un término sin traducción que hace referencia a la capacidad de una canción para avanzar, para contagiar al oyente en su progresión. Pero, ¿de qué depende? ¿Qué sucede para que el cerebro disfrute tanto con la música? ¿Tiene alguna utilidad aparte del mero placer?

Un lenguaje múltiple

Una de las definiciones clásicas de qué es la música es la del compositor Edgard Varèse, y supone también una de las más simples: “música es sonido organizado”. Pero para percibir esa organización el cerebro tiene que ser capaz de captar e interpretar todos sus atributos. Los sonidos no son simples vibraciones, sino que comprenden toda una serie de cualidades: intensidad, tono, ritmo, timbre y reverberación, entre otras. Y éstas se agrupan  en conceptos de orden superior, como el compás, la melodía o la armonía. Cuando las notas de I´m on fire comienzan a sonar, sus sonidos son transformados por el tímpano en señales nerviosas que son conducidas al lóbulo temporal, justo detrás de nuestros oídos. Aquí se procesan y se interpretan todas estas cualidades. Una vez descifradas, las informaciones viajan hacia el lóbulo frontal, donde se reagrupan y se analiza si aparece alguna estructura entre todas ellas, es decir, si hay una organización. Como en este caso es así, la información viaja entonces hasta el hipocampo, una pequeña zona responsable de la memoria, buscando saber si esas notas ya las habíamos escuchado antes, en qué contexto, si los recuerdos son agradables o no. Todas esas asociaciones que la música puede provocar. Y aún hay más: si prestamos atención llegamos a la conclusión de que la música presenta características que también tiene el lenguaje: orden, estructura, complejidad, incluso contenido. Y de hecho, la música, especialmente en músicos profesionales, es capaz de activar las áreas cerebrales tradicionalmente relacionadas con el lenguaje, como son las áreas de Broca (habla) y Wernicke (comprensión). Todo un concierto cerebral donde aún faltan un par de piezas importantes, como son el baile y la emoción: cuando Bruce empieza a cantar me sorprendo siguiendo el ritmo con los dedos y los pies. Seguramente sea el cerebelo el responsable: al fin y al cabo es uno de los encargados de coordinar los movimientos, de que no nos tengamos que concentrar en cada paso al caminar por la calle. Pero además se ha visto que al escuchar música el cerebelo se activa especialmente, y que se encuentra muy conectado con los centros cerebrales de la emoción. Seguramente por eso la música esté tan ligada al baile. Pero, ¿cómo hace la música para emocionarnos? ¿qué reglas, si es que hay reglas, tiene que cumplir? Básicamente lo que hace es, como al conejo, ponernos la zanahoria delante de la boca.  

La capacidad de sorpresa y la recompensa

La música es sonido organizado, pero tiene que incluir algo inesperado, porque si no se vuelve plana y previsible –las escalas están perfectamente organizadas, pero nadie pagaría por ir a escucharlas a un concierto-. Los compositores muestran una estructura para que nos familiaricemos con ella, pero luego, a partir de entonces, manipulan nuestras expectativas, nos ofrecen sorpresas, nos acercan y alejan la zanahoria. Ya hemos visto que la música puede estimular un gran número de áreas cerebrales, pero además juega con los centros de recompensa de nuestro cerebro y provoca la liberación de dopamina, como se ha visto recientemente. Y lo puede hacer de muchas maneras. Haydn, por ejemplo, usaba a menudo la cadencia engañosa. Una cadencia es una secuencia de acordes que suele terminar con la nota que se espera de la estructura. En la cadencia engañosa Haydn repite la secuencia una y otra vez, y cuando nuestro cerebro espera ya el colofón, suena un acorde que no esperábamos. En cierto modo es lo que hacen los magos: repiten una acción varias veces, como pasarse una moneda de una mano a otra y, en un determinado momento, nos sorprenden con algo que no imaginábamos: la moneda ha desaparecido o aparece en otro lugar. Es también lo que hacen los Beatles en “For No One”: la canción termina en un acorde inesperado y nos quedamos esperando una resolución que sólo llega con el inicio del siguiente tema de su álbum Revolver. Los Beatles nos manipulan también en “Yesterday”, en la que las frases tienen siete compases, y no cuatro u ocho como en la inmensa mayoría de la música pop. Y los Rolling Stones utilizaron variaciones en el timbre para violar expectativas, como la inclusión de violines en la canción “Lady Jane”, algo completamente inesperado y opuesto a los sonidos de las guitarras eléctricas o los ritmos de la batería. Los ejemplos son innumerables, pero no deben alejarse demasiado de una estructura, porque si no nuestro cerebro se perdería y no esperaría ninguna recompensa. O sí, y tal vez es un problema de habituación: Stravinsky y Schönberg usaron escalas especiales que no conceden margen a ningún tipo de expectación, y aunque todavía hoy son bastante incomprendidos, su reconocimiento es mucho mayor que en sus comienzos. Al fin y al cabo es lo que le sucedió a Bob Dylan cuando, ya siendo una estrella, incluyó guitarras eléctricas en uno de sus conciertos y fue completamente abucheado. O, yéndonos un poco más lejos, lo que sucedía con un determinado intervalo de notas –una cuarta aumentada, o el trayecto de do a fa sostenido-, que fue prohibido durante siglos por la Iglesia debido a su sonido disonante (se le llamó Diabolus in musica), pero acabó siendo ese en el que en West Side Story Toni canta el nombre de María. Seguramente haya estructuras que nuestro cerebro acepta de una forma más natural, pero también que la cultura puede modelar y ampliar muchas de esas tendencias. En cualquier caso, sigue quedando una duda pendiente: a pesar de lo que podemos disfrutar con la música: ¿sirve realmente para algo? ¿cumple una función y por eso se ha mantenido con los siglos? El debate está aún en el aire. 

¿Para qué la música?

Steven Pinker es un conocido catedrático de psicología de Harvard. Hace unos años, durante una charla en Boston, dijo: “La música es la tarta de queso auditiva”. Tal cual. Lo que quería decir es que cosquillea partes importantes del cerebro, como la tarta lo hace en la boca, pero que no cumple ninguna función. Al fin y al cabo, y como hemos visto, puede activar zonas relacionadas con la emoción, la recompensa, el lenguaje, la audición o los movimientos. Puede ser muy placentera, pero no cumple ningún objetivo. Es lo que se conoce como un parásito evolutivo, un subproducto que aparece a partir de otras funciones que son las realmente importantes. A partir de entonces muchos científicos han buscado argumentos para rebatirle. Uno de ellos es que la música funciona como medio de cortejo sexual: los cantantes de rock suelen ser símbolos sexuales, y aunque el razonamiento puede ser un poco débil, en las danzas tribales los líderes suelen ser los que mejor bailan, y realmente el que canta en los campamentos con su guitarra tiene bastante terreno ganado… Otro argumento es que la música se ha perpetuado en el tiempo, cosa que no suele suceder con aquello que resulta prescindible. También que la música sirve como medio de vinculación social, que fomenta el desarrollo cognitivo o incluso que las vocalizaciones de los pájaros estimulan la ovulación en las hembras. Pero el debate sigue ahí. 

Con Borges y Bruce

Y mientras el debate sigue recuerdo lo que decía Borges: que todas las artes aspiran a la condición de música, porque en ella la forma es fondo. Luego vuelvo a escuchar I´m on fire y leo lo que de ella dijo Debby Bull, un crítico americano: la manera en que el grupo se queda tan sólo en un ligero repiqueteo de batería, un órgano tenue y unas tranquilas notas de guitarra hacen que su deseo parezca siniestro: te imaginas a alguien picado de viruela estirado en la cama, demasiado nervioso como para poder dormir, en la habitación de un motel. Y pienso que es justamente eso, que no sé si es sólo la forma y no sé si útil pero que no me ha hecho falta la letra para saber que era justamente eso, para saber que quiero escucharla al menos una vez más.  

 

Apartados al margen: 

Apartado 1:

La musicoterapia y el fallido efecto Mozart:

En 1993 la revista Nature publicó un artículo en el que se afirmaba que escuchar la música de Mozart durante diez minutos al día aumentaba la inteligencia. Su anuncio supuso una revolución, y muchos padres e incluso gobiernos invirtieron tiempo y dinero en tratar de que bebés y estudiantes escucharan la música del compositor austriaco. Sin embargo, ningún estudio fue capaz de reproducir sus resultados, y un nuevo artículo publicado recientemente y en el que se evaluaron los resultados de muchos más voluntarios terminó de echar por tierra la teoría. Sin embargo, sí parece haber más evidencias de que aprender a tocar un instrumento musical mejore ciertos patrones de la inteligencia. Y la musicoterapia, aunque no nos haga más listos, parece que puede ser eficaz en el cotratamiento de enfermedades como la depresión, el Parkinson, trastornos de ansiedad, el autismo o incluso como complemento a técnicas de anestesia. 

Apartado 2:

Curiosidades neurológicas… y musicales.

Sinestesia significa “fusión de los sentidos”, y es el término que se emplea cuando, por ejemplo, los sonidos musicales se perciben literalmente como un color, o incluso como un sabor. Así, hay algunas personas para las que el tono de Re mayor es azul o para las que un intervalo de tercera menor sabe salado. Además, en una alta proporción estas personas presentan también oído absoluto, o la capacidad de saber cuál es cada nota sin necesidad de ninguna referencia (cualidad que presentaba, entre otros, Michael Jackson). La música se ha relacionado también con fenómenos epilépticos, y en los dos sentidos. Hay personas con epilepsias recurrentes del lóbulo temporal que antes, o incluso durante los ataques oyen fragmentos musicales con gran nitidez. O a la inversa, en ciertos casos determinados tipos de música son capaces de desencadenar crisis epilépticas. Y ciertas patologías pueden resultar incluso beneficiosas para la composición: ya se sabe que Beethoven escribió sus mejores obras siendo ya sordo, probablemente porque era capaz de concentrarse aún más en la estructura. Pero no sólo eso: durante años se contaba que Shostakovich, tras el asedio de Leningrado, tenía fragmentos de metralla alojados en el lóbulo temporal, y que oía nuevas melodías al inclinar la cabeza. Luego se supo que era una leyenda. Pero sí fue real lo que le ocurrió a Ravel, quien desarrolló una demencia frontotemporal que le impedía pensar en símbolos abstractos y, por tanto, escribir música. Justamente entonces fue cuando compuso su Bolero, que no es más que la repetición de una misma frase musical. Lo más simple que hizo fue aquello por lo que más se le recordará. 

 

Apartado 3:

Por qué tenemos dos oídos, las escalas y el muro de sonido

Si nos tapamos un ojo el mundo aparece prácticamente plano, carente de perspectiva. Si tenemos dos oídos, al igual que tenemos dos ojos, no sólo es por una cuestión de simetría. Es lo que permite que captemos una cualidad infravalorada pero de enorme importancia en la música: la localización espacial, la profundidad. Los búhos son capaces de crear todo un mapa del entorno a través de sonidos. Aunque nosotros no somos tan refinados, valoramos mucho esta cualidad, y de hecho la intentamos realzar cuando usamos el surround en los equipos de música. Pero además, como explica Javier Sampedro en su libro “El siglo de la ciencia”, las escalas irregulares que se emplean en la música, y que están basadas en las escalas pitagóricas, favorecen que el cerebro interprete la música como una escena tridimensional. Y otra cualidad que otorga profundidad es la reverberación. De eso se dio cuenta el productor Phil Spector, que en los años 60 desarrolló una técnica conocida como “muro de sonido” y que se basaba en acompañar la melodía principal con un sinfín de voces e instrumentos que se grababan tras pasar por una cámara de eco. Eso es lo que le daba una cualidad tan especial, emocionante y profunda a canciones como “Then he kissed me”, de The Crystals, a algunos temas de Tina Turner y los Beatles o a la banda sonora de la película “Malas calles”, de Martin Scorsese. 

Por Jesús Méndez


Publicado previamente en Tercer Milenio, suplemento de el Heraldo de Aragón

En la película ‘El hombre del traje blanco’, Alec Guinnes inventaba un tejido imposible de romper o manchar. Emocionado con su descubrimiento, no podía imaginar lo que sucedería a continuación: las empresas pretendían comprarlo para ocultarlo y que jamás pudiera ser vendido. La razón: si alguien compraba unos pantalones así, jamás necesitaría otros, y las industrias acabarían por cerrar. Al mercado le interesa más la obsolescencia programada.

La obsolescencia programada es el críptico nombre bajo el que se engloba una forma de crear productos con fecha de caducidad, de limitar su duración para que el usuario deba renovarlos. Así las empresas mantienen sus beneficios y, en principio, los trabajadores sus empleos. Ese es el tema de un documental estrenado hace unas pocas semanas y que tanto está dando que hablar. Su título es ‘Comprar, tirar, comprar’ (se puede ver aquí), y algunos de los productos que describe como ejemplos de obsolescencia programada son las bombillas, las impresoras o incluso los iPod.

La primera bombilla, la inventada por Edison hacia 1880, tenía una duración de 1.500 horas. A los pocos años se aumentó hasta las 2.500. En 1901 se fabricó un ejemplar que sigue funcionando y que es objeto de veneración en Livermore, en EE. UU. Pero después la progresión se invirtió: en 1924 varias compañías eléctricas crearon el cártel Phoebus, dictaminando que debían durar un máximo de 1.000 horas y multando a las empresas que no cumplían el mandato.

Las impresoras actuales, según el documental, están diseñadas para producir un determinado número de copias. Sobrepasado este umbral, un chip que llevan incorporado impide seguir trabajando con ellas. Y cualquier intento de ‘reparación’ sobrepasa con mucho el precio de una nueva. La razón aducida por los fabricantes es que así se garantiza el funcionamiento correcto de los cabezales. Pero quizá nos gustaría a nosotros decidir cuándo consideramos insuficiente la calidad y queremos cambiarla. El documental cuenta también que los primeros reproductores iPod incorporaban baterías de duración limitada e imposibles de reemplazar, por lo que al poco de comprarlos quedaban inservibles. Así se aseguraban o por lo menos incitaban a que los usuarios compraran los nuevos modelos.

UN MODO DE VIDA BASADO EN EL CONSUMO
El documental aborda dos problemas de la aplicación de la obsolescencia programada: uno es ético, el ejemplo extremo de un modo de vida basado en el consumo. Otro es de índole ecológica: el planeta es limitado, y su aplicación supone un aumento en el consumo de recursos y un acúmulo de desechos que se concentra en los países del Tercer Mundo. Aunque en un principio pretende ser ecuánime, el documental rápidamente toma partido en contra de su práctica. No es un problema, si se genera debate. Un debate que no existió tras su proyección en la 2, de TVE. Sin embargo hay voces sosteniendo posturas que modulan el mensaje. Uno de esos argumentos es que resulta difícil hacer extensivo el concepto a la economía en general, ya que las empresas también juegan con su imagen de marca, y una imagen de fiabilidad es una forma de aumentar las ventas. Otro es que es más importante la llamada ‘obsolescencia percibida’, la que imponemos como consumidores al desechar productos todavía válidos para comprar otros más novedosos, más a la moda –¿quién no ha comprado unos pantalones por capricho, quién no ha cambiado de móvil o televisor sin necesidad?–.
Pero si asumimos que nos movemos en un mundo de obsolescencia programada, ¿cuáles podrían ser las soluciones? Dos son las que destacan: una es el comunismo, un sistema donde el Gobierno, una vez obtenida una bombilla duradera, pongamos por caso, redistribuye a los trabajadores hacia otra fuente de producción o desarrollo más necesaria. De hecho, los productos más longevos solían fabricarse en Rusia o en la antigua Alemania del Este. Pero la experiencia hace que se antoje inviable. Otra opción es la teoría moderna del decrecimiento, que defiende una reducción de la producción económica y el consumo para buscar un nuevo equilibrio social y con el medio ambiente. Suena bien, pero cuando en el documental se le pregunta a Serge Latouche, catedrático de Economía y defensor de la teoría, qué hacer con el excedente de trabajo, su respuesta es: cultivar el conocimiento y la amistad. Y, desgraciadamente, suena casi tan atractivo como ingenuo.

Que vivimos en un sistema imperfecto, es evidente. Ya desde el momento en que nadie quiere que los trabajadores pierdan sus empleos, pero tampoco tener que tirar una impresora que todavía puede funcionar. Entonces, ¿qué?

 

COLUMNAS AL MARGEN

1) UN PERIODO DE VIDA DEFINIDO PARA CADA PRODUCTO
El concepto de ‘obsolescencia programada o planificada’ nació en 1932, cuando el promotor inmobiliario Bernard London, en su libro ‘Ending the depression through planned obsolescence’ (‘Poner fin a la gran depresión mediante la obsolescencia programada’), propuso su aplicación como medida para superar el Crack del 29. Su propuesta consistía en definir un periodo de vida para cada producto, transcurrido el cual debería ser entregado a la Administración. En 1954, el diseñador industrial Clifford Brooks Stevens añadió un nuevo giro al concepto, al definirlo como «el deseo del consumidor de poseer una cosa un poco más nueva, un poco mejor y un poco antes de que sea necesario». Introduce así el papel crucial de la publicidad, dando lugar a un tipo particular de ‘obsolescencia programada’, llamada ‘obsolescencia percibida’, o la necesidad de estar permanentemente a la moda.

Las formas de aplicar estos conceptos son variadas: desde la introducción de chips en impresoras para predeterminar el número máximo de copias hasta la fabricación de productos con materiales de duración limitada. Pero también pueden implicar el uso de la publicidad o incluso la implantación de softwares incompatibles con programas antiguos, en el caso de los ordenadores.

2) LA TEORÍA DEL DECRECIMIENTO
El decrecimiento es una corriente de pensamiento que nace en los años setenta. Sus tesis defienden la necesidad de disminuir de forma controlada la producción económica para establecer un nuevo equilibrio, no solo con el medio ambiente, sino también entre las personas. Para sus defensores, la sociedad capitalista se basa únicamente en ‘crecer por crecer’, ignorando el agotamiento de los recursos naturales y sin, ni tan siquiera, haber mejorado la felicidad de los consumidores. Abogan por seguir un camino de ‘simplicidad voluntaria’, una forma de vida que implique ‘vivir mejor con menos’, y se hacen eco de la frase de Gandhi: «El mundo es suficientemente grande para satisfacer las necesidades de todos, pero siempre será demasiado pequeño para la avaricia de unos pocos».

 

Jesús Méndez


Hay una mesa llena de platos: huevos, cordero, patatas, algo de embutido. Un joven dice: deberías cuidarte. Otro contesta: déjame, es mi vida, no hago daño a nadie. La conversación acaba y la comida continúa, pero no saben que quizá sus hijos acaben sufriendo por ello.

Hace unos meses publicamos en el blog un artículo de largo título; lo llamamos “Las jirafas de Lamarck, los gemelos, el cáncer y la guerra en Holanda”, y explicábamos que había algo en común en todos estos conceptos: la epigenética. La epigenética incluye todos los cambios que se producen en el ADN que no alteran su secuencia pero que también pueden pasar a los hijos. Serían algo así como las marcas que se van depositando a lo largo de la vida. Darwin pensaba que esos cambios no se transmitían, pero en eso estaba un poco equivocado. Una prueba nos la dan un tipo de ratones, llamados ´agouti´. Estos ratones son de color amarillo, pero  si comen muchas proteínas pueden cambiar y volverse marrones. Tal cual. Lo más curioso es que sus hijos también serán marrones: el ADN de los padres cambia, pero sin necesidad de que se produzca ninguna mutación. ¿Y esto nos afecta a nosotros? Parece que sí. Desde hace tiempo se ha visto que los descendientes de personas que siguen dietas ricas en grasas tienen más posibilidades de ser diabéticos. Lo malo de estos estudios es que pueden confundirse: podría ser que los niños también comieran mal, tuvieran hábitos como los de sus padres, etc… Pero parece que no es sólo eso.

Uno de los comentarios en el blog nos avisó de la publicación de un artículo en la revista Nature: en ese estudio se usaron dos grupos de ratas, todas ellas machos. A uno le dieron una dieta sana y a otro una rica en grasas. Cuando vieron cómo eran sus hijas descubrieron lo que Darwin no esperaría: aunque al nacer eran todas iguales, con el tiempo las hijas de los que comieron mal comenzaron a ser diabéticas, y además estaban peor a cada semana que pasaba. No hubo ninguna mutación, no hubo diferencias durante el ´embarazo´ -las madres eran similares-, y sin embargo algo erróneo habían recibido.

Una vez aceptado que ´somos lo que comemos´, quizás habría que pensar que también ´serán lo que comemos´. La vida está llena de responsabilidades.

 

Publicado en el blog de Tercer Milenio, suplemento de ciencia de El Heraldo de Aragón.

Jesús Méndez.


Estos últimos días se ha estado cuestionando sobre si añadir otro signo del zodiaco más, siendo así 13 en total, y provocando el caos más absoluto entre los adictos al horóscopo de diarios gratuitos y revistas. Se trata de la constelación del ofiuco, situada entre escorpión y sagitario, y su entrada en la astrología supondría que quizás quien ahora es géminis puede que sea tauro… ¿Qué valor podemos dar entonces a lo que nos determina el carácter según las estrellas? De hecho, la constelación de ofiuco, junto con la de cetus y las 12 otras más conocidas como signos del zodiaco, son las constelaciones que traviesan el camino del sol visto des de la Tierra, la eclíptica.

Visto que la suerte no la cambian nuestros horóscopos, sí que la podemos cambiar nosotros, según un estudio de Richard Wiseman. En este artículo de Elsa Punset (hija de Punset), podemos descubrir un poco más sobre ello:

“La esculea de la buena suerte”.

Disfrutad!

(NPM)


Quizá la noche de Reyes sea aún más importante de lo que pensábamos. Que la compañía, los juegos y la curiosidad son preferibles a la soledad y al aburrimiento era algo que ya suponíamos. Pero que además podrían protegernos contra el cáncer era bastante más difícil de imaginar.

Precisamente esta idea es la que se sugiere (y, en animales de laboratorio se demuestra) en un artículo reciente de la prestigiosa revista ‘Cell’. Para estudiarlo se repartieron al azar ratones en dos tipos de jaulas distintas: unas eran las que suelen usarse en investigación, una mera estructura con comida y bebida y cuatro animales en cada una. Las otras eran mucho más grandes, cabían hasta veinte ratones. Y además incluían escaleras, ruedas para que los ratones pudieran correr, tubos irregulares por donde podían entrar y salir… Y cada cierto tiempo los juguetes se cambiaban de lugar o se sustituían por otros. Es lo que se conoce como ‘ambiente enriquecido’, que ya se ha demostrado eficaz a la hora de estimular la memoria y el aprendizaje. Lo que los autores del artículo vieron es que, además, este tipo de ambiente es capaz de frenar el avance de distintos tipos de tumores o incluso evitar su aparición. Para ello, por ejemplo, inocularon células de melanoma a cada ratón y comprobaron cómo se comportaban con el tiempo. Pues bien, a las 6 semanas, los ratones que vivían en las jaulas con juguetes tenían un 77% menos de masa tumoral que los ratones control. Pero además, el 17% ni siquiera había desarrollado un tumor visible, mientras que en todos los ratones ‘aburridos’ se observaban ya los correspondientes melanomas.

Los autores, además, describen el mecanismo que puede llevar a esta protección: los ratones estimulados tienen mayor cantidad de un factor llamado BDNF, una proteína implicada en la plasticidad cerebral. Por el contrario, presentan niveles mucho menores de leptina, una hormona que aumenta cuando la grasa se acumula y que se ha relacionado con diferentes tumores. Y, de hecho, ambas moléculas se relacionan, ya que el BDNF reduce la secreción de leptina. La prueba de que este puede ser el mecanismo es que cuando se usaron ratones incapaces de producir BDNF o cuando se suministró leptina de forma exógena, el ambiente enriquecido no redujo los tumores. En cualquier caso, uno podría pensar que es en realidad el ejercicio el que protege (el ejercicio favorece la plasticidad cerebral y reduce la grasa) pero cuando a los animales no se les daban juguetes, sino únicamente una rueda para correr, los resultados, aunque positivos, fueron bastante inferiores.

Si todo esto sucede también en los humanos, y hasta qué punto, aún se desconoce. Eso sí, aquello de ‘mens sana in corpore sano’ parece no tener límites. Ni siquiera en la noche de Reyes.

EL PUNTO DE PARTIDA DE ESTA ENTRADA FUE ESTE ARTÍCULO.

Este post fue publicado previamente en Tercer Milenio, suplemento de ciencia de El Heraldo de Aragón.

Jesús Méndez


El hospital Gregorio Marañón ha iniciado un proyecto para desarrollar corazones bioartificiales. Tras ‘vaciar’ varios corazones de donantes, ahora se rellenarán con células madre de los propios pacientes. En caso de éxito, se conseguiría aumentar el número de órganos disponibles, disminuyendo las posibilidades de rechazo. 

Imagina que quieres hacer un corazón usando unas cuantas canicas y que para ello has decidido usar como molde una caja de bombones con esa misma forma. Ahora, imagina a Cristina Garmendia, la ministra de Ciencia e Innovación, y a Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, juntas en un hospital de la capital porque hay quien ya sabe cómo vaciar la caja de bombones (no resulta tan fácil como parece) y en ese hospital van a tratar de llenarla con canicas (lo que también es más difícil de lo que parece). Pues bien, la escena de las dos políticas es real, y la caja de bombones es una imagen sobre lo que puede ser el futuro de los transplantes: la construcción de órganos bioartificiales (…)

 

Puedes seguir leyendo este artículo en la web de Tercer Milenio, suplemento de ciencia de El Heraldo de Aragón.