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Archive for the ‘Neurociencias’ Category


Este es el texto base de un artículo publicado en Tercer Milenio, suplemento de El Heraldo de Aragón y que se puede ver aquí

 

Suena la canción I´m on fire, de Bruce Springsteen, esa en la que “el jefe” trabaja como mecánico en un taller de coches. De alguna manera siempre tuve una cierta fijación por ese tema en particular, a pesar de que su ritmo es más bien simple, no tiene la fuerza de otras y ni siquiera la letra es que revele ninguna verdad fundamental. Pero la escucho una y otra vez mientras me pregunto qué es lo que provoca dentro de mí, qué teclas pulsa, qué es lo que hace que pueda escucharla más de diez veces seguidas sin ninguna dificultad, sin hartarme de su melodía. Luego descubro que es uno de los ejemplos que se citan cuando se habla de temas con groove, un término sin traducción que hace referencia a la capacidad de una canción para avanzar, para contagiar al oyente en su progresión. Pero, ¿de qué depende? ¿Qué sucede para que el cerebro disfrute tanto con la música? ¿Tiene alguna utilidad aparte del mero placer?

Un lenguaje múltiple

Una de las definiciones clásicas de qué es la música es la del compositor Edgard Varèse, y supone también una de las más simples: “música es sonido organizado”. Pero para percibir esa organización el cerebro tiene que ser capaz de captar e interpretar todos sus atributos. Los sonidos no son simples vibraciones, sino que comprenden toda una serie de cualidades: intensidad, tono, ritmo, timbre y reverberación, entre otras. Y éstas se agrupan  en conceptos de orden superior, como el compás, la melodía o la armonía. Cuando las notas de I´m on fire comienzan a sonar, sus sonidos son transformados por el tímpano en señales nerviosas que son conducidas al lóbulo temporal, justo detrás de nuestros oídos. Aquí se procesan y se interpretan todas estas cualidades. Una vez descifradas, las informaciones viajan hacia el lóbulo frontal, donde se reagrupan y se analiza si aparece alguna estructura entre todas ellas, es decir, si hay una organización. Como en este caso es así, la información viaja entonces hasta el hipocampo, una pequeña zona responsable de la memoria, buscando saber si esas notas ya las habíamos escuchado antes, en qué contexto, si los recuerdos son agradables o no. Todas esas asociaciones que la música puede provocar. Y aún hay más: si prestamos atención llegamos a la conclusión de que la música presenta características que también tiene el lenguaje: orden, estructura, complejidad, incluso contenido. Y de hecho, la música, especialmente en músicos profesionales, es capaz de activar las áreas cerebrales tradicionalmente relacionadas con el lenguaje, como son las áreas de Broca (habla) y Wernicke (comprensión). Todo un concierto cerebral donde aún faltan un par de piezas importantes, como son el baile y la emoción: cuando Bruce empieza a cantar me sorprendo siguiendo el ritmo con los dedos y los pies. Seguramente sea el cerebelo el responsable: al fin y al cabo es uno de los encargados de coordinar los movimientos, de que no nos tengamos que concentrar en cada paso al caminar por la calle. Pero además se ha visto que al escuchar música el cerebelo se activa especialmente, y que se encuentra muy conectado con los centros cerebrales de la emoción. Seguramente por eso la música esté tan ligada al baile. Pero, ¿cómo hace la música para emocionarnos? ¿qué reglas, si es que hay reglas, tiene que cumplir? Básicamente lo que hace es, como al conejo, ponernos la zanahoria delante de la boca.  

La capacidad de sorpresa y la recompensa

La música es sonido organizado, pero tiene que incluir algo inesperado, porque si no se vuelve plana y previsible –las escalas están perfectamente organizadas, pero nadie pagaría por ir a escucharlas a un concierto-. Los compositores muestran una estructura para que nos familiaricemos con ella, pero luego, a partir de entonces, manipulan nuestras expectativas, nos ofrecen sorpresas, nos acercan y alejan la zanahoria. Ya hemos visto que la música puede estimular un gran número de áreas cerebrales, pero además juega con los centros de recompensa de nuestro cerebro y provoca la liberación de dopamina, como se ha visto recientemente. Y lo puede hacer de muchas maneras. Haydn, por ejemplo, usaba a menudo la cadencia engañosa. Una cadencia es una secuencia de acordes que suele terminar con la nota que se espera de la estructura. En la cadencia engañosa Haydn repite la secuencia una y otra vez, y cuando nuestro cerebro espera ya el colofón, suena un acorde que no esperábamos. En cierto modo es lo que hacen los magos: repiten una acción varias veces, como pasarse una moneda de una mano a otra y, en un determinado momento, nos sorprenden con algo que no imaginábamos: la moneda ha desaparecido o aparece en otro lugar. Es también lo que hacen los Beatles en “For No One”: la canción termina en un acorde inesperado y nos quedamos esperando una resolución que sólo llega con el inicio del siguiente tema de su álbum Revolver. Los Beatles nos manipulan también en “Yesterday”, en la que las frases tienen siete compases, y no cuatro u ocho como en la inmensa mayoría de la música pop. Y los Rolling Stones utilizaron variaciones en el timbre para violar expectativas, como la inclusión de violines en la canción “Lady Jane”, algo completamente inesperado y opuesto a los sonidos de las guitarras eléctricas o los ritmos de la batería. Los ejemplos son innumerables, pero no deben alejarse demasiado de una estructura, porque si no nuestro cerebro se perdería y no esperaría ninguna recompensa. O sí, y tal vez es un problema de habituación: Stravinsky y Schönberg usaron escalas especiales que no conceden margen a ningún tipo de expectación, y aunque todavía hoy son bastante incomprendidos, su reconocimiento es mucho mayor que en sus comienzos. Al fin y al cabo es lo que le sucedió a Bob Dylan cuando, ya siendo una estrella, incluyó guitarras eléctricas en uno de sus conciertos y fue completamente abucheado. O, yéndonos un poco más lejos, lo que sucedía con un determinado intervalo de notas –una cuarta aumentada, o el trayecto de do a fa sostenido-, que fue prohibido durante siglos por la Iglesia debido a su sonido disonante (se le llamó Diabolus in musica), pero acabó siendo ese en el que en West Side Story Toni canta el nombre de María. Seguramente haya estructuras que nuestro cerebro acepta de una forma más natural, pero también que la cultura puede modelar y ampliar muchas de esas tendencias. En cualquier caso, sigue quedando una duda pendiente: a pesar de lo que podemos disfrutar con la música: ¿sirve realmente para algo? ¿cumple una función y por eso se ha mantenido con los siglos? El debate está aún en el aire. 

¿Para qué la música?

Steven Pinker es un conocido catedrático de psicología de Harvard. Hace unos años, durante una charla en Boston, dijo: “La música es la tarta de queso auditiva”. Tal cual. Lo que quería decir es que cosquillea partes importantes del cerebro, como la tarta lo hace en la boca, pero que no cumple ninguna función. Al fin y al cabo, y como hemos visto, puede activar zonas relacionadas con la emoción, la recompensa, el lenguaje, la audición o los movimientos. Puede ser muy placentera, pero no cumple ningún objetivo. Es lo que se conoce como un parásito evolutivo, un subproducto que aparece a partir de otras funciones que son las realmente importantes. A partir de entonces muchos científicos han buscado argumentos para rebatirle. Uno de ellos es que la música funciona como medio de cortejo sexual: los cantantes de rock suelen ser símbolos sexuales, y aunque el razonamiento puede ser un poco débil, en las danzas tribales los líderes suelen ser los que mejor bailan, y realmente el que canta en los campamentos con su guitarra tiene bastante terreno ganado… Otro argumento es que la música se ha perpetuado en el tiempo, cosa que no suele suceder con aquello que resulta prescindible. También que la música sirve como medio de vinculación social, que fomenta el desarrollo cognitivo o incluso que las vocalizaciones de los pájaros estimulan la ovulación en las hembras. Pero el debate sigue ahí. 

Con Borges y Bruce

Y mientras el debate sigue recuerdo lo que decía Borges: que todas las artes aspiran a la condición de música, porque en ella la forma es fondo. Luego vuelvo a escuchar I´m on fire y leo lo que de ella dijo Debby Bull, un crítico americano: la manera en que el grupo se queda tan sólo en un ligero repiqueteo de batería, un órgano tenue y unas tranquilas notas de guitarra hacen que su deseo parezca siniestro: te imaginas a alguien picado de viruela estirado en la cama, demasiado nervioso como para poder dormir, en la habitación de un motel. Y pienso que es justamente eso, que no sé si es sólo la forma y no sé si útil pero que no me ha hecho falta la letra para saber que era justamente eso, para saber que quiero escucharla al menos una vez más.  

 

Apartados al margen: 

Apartado 1:

La musicoterapia y el fallido efecto Mozart:

En 1993 la revista Nature publicó un artículo en el que se afirmaba que escuchar la música de Mozart durante diez minutos al día aumentaba la inteligencia. Su anuncio supuso una revolución, y muchos padres e incluso gobiernos invirtieron tiempo y dinero en tratar de que bebés y estudiantes escucharan la música del compositor austriaco. Sin embargo, ningún estudio fue capaz de reproducir sus resultados, y un nuevo artículo publicado recientemente y en el que se evaluaron los resultados de muchos más voluntarios terminó de echar por tierra la teoría. Sin embargo, sí parece haber más evidencias de que aprender a tocar un instrumento musical mejore ciertos patrones de la inteligencia. Y la musicoterapia, aunque no nos haga más listos, parece que puede ser eficaz en el cotratamiento de enfermedades como la depresión, el Parkinson, trastornos de ansiedad, el autismo o incluso como complemento a técnicas de anestesia. 

Apartado 2:

Curiosidades neurológicas… y musicales.

Sinestesia significa “fusión de los sentidos”, y es el término que se emplea cuando, por ejemplo, los sonidos musicales se perciben literalmente como un color, o incluso como un sabor. Así, hay algunas personas para las que el tono de Re mayor es azul o para las que un intervalo de tercera menor sabe salado. Además, en una alta proporción estas personas presentan también oído absoluto, o la capacidad de saber cuál es cada nota sin necesidad de ninguna referencia (cualidad que presentaba, entre otros, Michael Jackson). La música se ha relacionado también con fenómenos epilépticos, y en los dos sentidos. Hay personas con epilepsias recurrentes del lóbulo temporal que antes, o incluso durante los ataques oyen fragmentos musicales con gran nitidez. O a la inversa, en ciertos casos determinados tipos de música son capaces de desencadenar crisis epilépticas. Y ciertas patologías pueden resultar incluso beneficiosas para la composición: ya se sabe que Beethoven escribió sus mejores obras siendo ya sordo, probablemente porque era capaz de concentrarse aún más en la estructura. Pero no sólo eso: durante años se contaba que Shostakovich, tras el asedio de Leningrado, tenía fragmentos de metralla alojados en el lóbulo temporal, y que oía nuevas melodías al inclinar la cabeza. Luego se supo que era una leyenda. Pero sí fue real lo que le ocurrió a Ravel, quien desarrolló una demencia frontotemporal que le impedía pensar en símbolos abstractos y, por tanto, escribir música. Justamente entonces fue cuando compuso su Bolero, que no es más que la repetición de una misma frase musical. Lo más simple que hizo fue aquello por lo que más se le recordará. 

 

Apartado 3:

Por qué tenemos dos oídos, las escalas y el muro de sonido

Si nos tapamos un ojo el mundo aparece prácticamente plano, carente de perspectiva. Si tenemos dos oídos, al igual que tenemos dos ojos, no sólo es por una cuestión de simetría. Es lo que permite que captemos una cualidad infravalorada pero de enorme importancia en la música: la localización espacial, la profundidad. Los búhos son capaces de crear todo un mapa del entorno a través de sonidos. Aunque nosotros no somos tan refinados, valoramos mucho esta cualidad, y de hecho la intentamos realzar cuando usamos el surround en los equipos de música. Pero además, como explica Javier Sampedro en su libro “El siglo de la ciencia”, las escalas irregulares que se emplean en la música, y que están basadas en las escalas pitagóricas, favorecen que el cerebro interprete la música como una escena tridimensional. Y otra cualidad que otorga profundidad es la reverberación. De eso se dio cuenta el productor Phil Spector, que en los años 60 desarrolló una técnica conocida como “muro de sonido” y que se basaba en acompañar la melodía principal con un sinfín de voces e instrumentos que se grababan tras pasar por una cámara de eco. Eso es lo que le daba una cualidad tan especial, emocionante y profunda a canciones como “Then he kissed me”, de The Crystals, a algunos temas de Tina Turner y los Beatles o a la banda sonora de la película “Malas calles”, de Martin Scorsese. 

Por Jesús Méndez

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La utilidad de la ficción 

Conflicto de interés: confieso que la visión de alguien leyendo me predispone; que pienso en que las posibilidades de simpatizar son ya desde un primer momento mayores. 

Resulta especialmente sencillo ahora mismo, con la magna crisis, con el terror del paro, desdeñar lo que se conoce como literatura de ficción. Son tiempos de arrimar el hombro, de ser “productivos” ­–en el sentido en que algo debe ser “económicamente” productivo-, del famoso valor añadido. Aunque quizás siempre fue sencillo: recuerdo aquéllos que hace años me decían que eran una pérdida de tiempo las novelas, un juego inútil el ajedrez. Ahora, por fin, una serie de estudios me permiten contradecirlos:

El año pasado, un grupo de la Universidad de Washington publicó un artículo llamativo, pero en el fondo no alejado de la intuición: en su estudio escogieron 28 participantes y les dieron a leer un texto de ficción. Mientras, analizaban por resonancia magnética las partes del cerebro que más trabajaban al leer. Las conclusiones, contundentes: los lectores no eran sujetos pasivos, en ellos se activaban las mismas áreas cerebrales que cuando vivían la “realidad”. Por ejemplo, cuando leían que uno de los personajes jugaba con un objeto, se activaban las áreas responsables de la planificación y ejecución de movimientos. Es decir, al leer, los participantes jugaban, vivían literalmente el personaje. De hecho, y en relación con esto, los saltadores de altura, que pueden estar hasta un minuto antes del salto con los ojos cerrados visualizando cada movimiento, están realmente entrenando sin moverse: se ha demostrado que la visualización mejora la fuerza y la coordinación, porque también entonces se ejercitan las áreas del cerebro responsables del movimiento.

(Yo, diestro cerrado, recuerdo la primera vez que vi a Denilson, aquel jugador brasileño por el que el Betis pagó más de 5.000 millones de pesetas. Hacía cosas tan increíbles con su pierna izquierda que, tras soñar con él, fui absolutamente zurdo por un día.)

Pero, ¿por qué es útil la lectura? ¿Qué es lo que entrena? ¿Por qué, además de placentera, puede ser productiva? Fundamentalmente, porque desarrolla la empatía, y si hay algo que se ha demostrado productivo es el trabajo en equipo, la inteligencia emocional. Cuando en otro estudio anterior se analizaron las capacidades interpersonales de los participantes, se vio que los mejores eran aquellos que leían libros de ficción. Pero no sólo eso; después se dividieron en dos grupos al azar: unos leyeron La dama del perrito, de Chejov, y otros una versión del cuento desdramatizada, mucho más neutra: nada más acabar la lectura se les realizó un test que reflejaba el grado de empatía. ¿Los resultados? Los primeros fueron superiores.

Sin embargo, sigue resultando sencillo criticar aquello que no es tangible, que no otorga resultados visibles, inmediatos. Lo decía Ricardo Piglia en su novela Respiración artificial: “Los tiempos han cambiado, las palabras se pierden cada vez con mayor facilidad, uno puede verlas flotar en el agua de la historia, hundirse, volver a aparecer, entreveradas en los camalotes de la corriente. Ya habremos de encontrar el modo de encontrarnos.”

Sí, se hunden, pero vuelven a aparecer.

 

Artículo escogido: Speer NK, Reynolds JR, Swallow KM, Zacks JM. Reading stories activates neural representations of visual and motor experiences. Psychol Sci. 2009 Aug;20(8):989-99. (versión gratuita)

Jesús Méndez 

Una versión adaptada de este artículo se ha publicado en Tercer Milenio, suplemento de El Heraldo de Aragón (2/11/2010)

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¿Sabes cuáles fueron los jugadores y los equipos de la NBA que más se abrazaron la temporada pasada? ¿Serían los punteros o los más mediocres, que necesitan consolarse? ¿Está el contacto físico en relación con el rendimiento? ¿Sabías que los masajes pueden mejorar los síntomas de las personas autistas? ¿Qué papel puede tener en todo esto la oxitocina, la hormona de la lactancia y la fidelidad? Si quieres saberlo, entra en el enlace del suplemento Tercer Milenio, del Heraldo de Aragón, con el que HdH vuelve a colaborar.

 

Tercer Milenio: La importancia del contacto físico.

  

                        

  

Por Jesús Méndez

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El mismo día que asistía a la conferencia que dio origen a este post:  https://hablemosdehormigas.wordpress.com/2010/02/07/ilusionismo-y-matrix-la-magia-y-la-neurociencia/

no sé si antes o después, Punset entrevistaba a los oradores para Redes. El programa se vio la semana pasada, y está aquí.

La prueba es que llevaban la misma ropa. Alguno concluiría que es porque la televisión no miente.

 

Jesús Méndez

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En el anterior post RBG nos hablaba de investigaciones que trataban de identificar “áreas cerebrales de conformidad social”. En alguno de los comentarios se criticaba la intención, muy extendida, de tratar de reducir comportamientos complejos a mecanismos simplificados, se criticaba en el fondo un exceso de biologicismo determinista. Estoy de acuerdo. Son experimentos necesarios, pero no suficientes.

Hace unos días se publicó un vídeo con una charla de Nicholas Christakis, un médico y sociólogo muy interesado en el papel que tienen las redes sociales en la con-formación de los grupos humanos.

Como dijo Alejandro Rossi en su Manual del Distraído: “Cualquier idea, pensada a fondo, es un pozo que conduce al centro de la tierra.”

O lo que es lo mismo. Un vídeo al hilo de un comentario al hilo de un post al hilo de un estudio al hilo de una película, una red con una curiosa conclusión: si quieres estar delgado, procura que tus amigos no estén gordos.

 

(disponibles subtítulos en castellano)

Jesús Méndez

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Por R.B.G.

Buceando en mi estresado cerebro en busca de ideas para el blog, me tropecé con una: hace tiempo tuve que hacer una redacción en inglés sobre mi película favorita. Odio tener que escoger entre algo favorito, pero me acordé de “Delitos y Faltas”, de Woody Allen. Y seguí pensando, buceando un poco más hacia las profundidades y recordé que en una esquina de una de mis neuronas estaba aposentada una escritora científica del New York Times, especializada en Neurociencia: Sandra Blakeslee  http://sandrablakeslee.com/

Esta vez buceé directamente en su web y pensé…” ¿algo de lo que dice esta señora puede tener que ver con los “Delitos y Faltas”, de Woody Allen”?

Por si alguien no ha visto “Delitos y Faltas”, es una gran película que rodó Woody Allen en Nueva York en 1989. Se desarrollan dos historias, primero paralelas que posteriormente se entrelazan entre ellas. Por un lado tenemos a un rico y famoso oftalmólogo, de excelente reputación y estupenda mujer y familia. Su vida color de rosa sólo tiene un problema: su amante. El hombre quiere romper la relación con su amante y ella no quiere. Por otro lado tenemos a un idealista director de documentales con problemas económicos. El oftalmólogo pide ayuda a su hermano mafioso para hacer “desaparecer” a su amante. El director de cine tiene que someterse a la desagradable tarea de rodar un documental sobre su cuñado (a quien odia), para poder seguir haciendo lo que le gusta (otro tipo de películas). 

 

 

Aparte de introducir diferentes temas, metafísicos (Dios, la inmortalidad), religiosos (fe, pecado, perdón), físicos (vida, muerte, dolor) y éticos (moralidad, justicia y virtud), filosóficos (moralidad, justicia, virtud), filosóficos (verdad, dudas) y psicológicos (remordimientos, justicia, virtud)….hay un crimen…Pero finalmente, yo quería ir a parar a un punto: cómo tu personalidad y tus puntos de vista morales pueden cambiar bajo presión. Presiones económicas, problemas de salud, fin de una relación….Pueden cambiar o puede que no cambien. ¿Está esto regulado en algún lugar de nuestro cerebro? 

Dice Sandra Blakeslee (el artículo es un poco “antiguo”, de 2005) que mediante escáneres cerebrales se logró sacar a la luz algo que nunca se había conseguido encontrar en algún lugar de nuestro cerebro: “la conformidad social”. El estudio se basó en los famosos experimentos de laboratorio del psicólogo Solomon Asch:

http://es.wikipedia.org/wiki/Experimento_de_Asch

En estos estudios, se mostraba a los sujetos dos cartas: en la primera había una línea vertical; en la segunda había tres líneas, una de ellas de la misma longitud que la primera carta. En el experimento había sujetos verdaderos y sujetos cómplices. Primero se preguntaba a los sujetos qué línea de la segunda carta era de la misma longitud que la primera y la respuesta era bastante obvia. Pero luego el Dr. Asch pedía la opinión a sujetos (cómplices) y todos daban respuestas incorrectas. El sujeto verdadero (no cómplice), aun siendo evidente la respuesta correcta, cambiaba de opinión al verse abrumado por las respuestas del resto. El objetivo final del experimento era estudiar qué condiciones influyen sobre un individuo para permanecer independiente o someterse a las presiones de grupo, aun cuando estas son contrarias a la realidad. 

(Curiosamente, estos experimentos nos recuerdan a algunos de los ya descritos aquí). 

El Dr. Asch murió en 1996,  sin tener claro si las personas que dieron la respuesta correcta sabían que estaban equivocadas o la presión social cambió sus percepciones. 

Según el artículo de Sandra Blakeslee, mediante resonancia magnética se pueden encontrar en el cerebro áreas de “conformidad social” en zonas donde la percepción es lo más importante. Pero el juicio independiente (es decir, quedarse con la opinión de uno, sin influencia de los demás), mostraba áreas de actividad en zonas relacionadas con la emoción, lo que demuestra que ir “contra el grupo” tiene un coste. Se concluye que “nos gusta pensar que lo vemos es lo que creemos”, y demuestra que la información de otra gente puede cambiar nuestras percepciones a nivel muy profundo.

En muchas áreas de la sociedad (elecciones, jurados populares), se acepta resolver conflictos con la “regla de la mayoría”. Hay una razón para ello, pues para algunos, la mayoría representa la sabiduría colectiva y tiene más valor que la opinión de una sola persona. Pero la superioridad del grupo puede desaparecer si los individuos se sienten presionados. 

¿Puede la insatisfacción de soledad hacer que la opinión de la mayoría parezca mejor que la propia? ¿Puede esto afectar a nuestro cerebro de una manera no consciente?

Si la opinión de los otros puede afectar nuestra visión de la realidad, entonces… ¿qué es realmente lo verdadero? ¿Dónde está el límite de la verdad?

Si la gente fuera consciente de su vulnerabilidad, ¿podría evitar la “conformidad social “cuando creen realmente que tienen razón? 

Demasiadas preguntas y pocas respuestas. En fin, que no sé si tiene mucho que ver con Woody Allen, pero invita a reflexionar… ¿No? ¿Qué dice la “mayoría”?

 R.B.G. 

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Supongamos que has decidido acudir a una conferencia y en la primera diapositiva aparece Laurence Fishburne ofreciéndote elegir entre dos pastillas, una roja y otra azul. Como seguramente ya sabrás, si eliges la pastilla azul seguirás habitando el mundo que ya conoces. Si en cambio eliges la pastilla roja entrarás en otra dimensión, en la verdadera realidad, y comprobarás que tu vida anterior era una ilusión. Así comenzaba la trilogía Matrix.

Y tú, ¿cuál escogerías?

 

 

En realidad no importa la pastilla que elijas, porque no hay pastilla. Y no porque, digamos, no exista Matrix, sino porque ya está aquí. Porque en realidad siempre lo ha estado.

 

La fundación Cosmocaixa de Barcelona inició el mes pasado una exposición titulada Abracadabra que se acompaña de una serie de conferencias sobre la relación entre la magia y la neurociencia. La primera de ellas tenía como título: Ilusión e ilusionismo: cómo engañar al cerebro con la magia y otros trucos. Los dos ponentes eran Susana Martínez-Conde, directora del Laboratorio de Neurociencia Visual del Barrow Neurological Institute, en Phoenix, y Miguel Ángel Gea, ilusionista madrileño.

(bonito nombre para una profesión: ilusionista)

Fue la doctora Martínez-Conde la que inició su charla con la imagen de Matrix. Y con ese fotograma se anunciaba ya una declaración de intenciones; en cierto modo se rehuía la charla meramente técnica para entrar en un terreno más divulgativo. Y su campo de trabajo es lo suficientemente visual y atractivo como para no abandonar ese plano. Éste es un resumen no exhaustivo y desordenado de lo que allí se dijo. Se renuncia a un hilo fijo. Se sucumbe a la fuerza de los ejemplos y la imagen. Supongo que en el fondo era algo así lo que se pretendía.

 

Existen tres posibilidades para generar una ilusión: ver lo que no hay, no ver lo que hay, o ver algo diferente a como es.

Yo pienso cuando de pequeño me explicaron el concepto de átomo. Que todo lo que vemos está formado por pequeñas partículas muy separadas unas de otras. Y no sé por qué la primera imagen que elegía era siempre una mesa. De madera. Y no entendía pero me asombraba pensar que esa mesa era en su mayor parte hueca. Hueca pero absolutamente sólida. Una barrera de huecos inexpugnables.

Me convenzo inmediatamente de que no hay pastilla roja o azul. Que no podemos elegir. A lo sumo pretender conocer.

Una de las ilusiones más famosas es la de los objetos imposibles. Éstos son construcciones que pueden representarse pero que, sin embargo, no pueden existir dentro de nuestras tres dimensiones. Uno de los artistas que más trabajó con ellos fue M.C. Escher, aunque el ejemplo más conocido quizás sea el triángulo de Penrose, creado por Oscar Reutersvärd, que ha sido construido en la realidad, y sobre el que se puede ver un vídeo explicativo pinchando aquí.

 

  

 

(La doctora Martínez-Conde sugiere que la ilusión es la base del arte. No me convenzo inmediatamente. Luego pienso que el arte depende de un extrañamiento que sin embargo no llegue a ser del todo ajeno. Acepto su parte de verdad.)

Un tipo de ilusión es lo que se conoce como ceguera. Se distinguen varios tipos: ceguera por el movimiento, ceguera al cambio, ceguera por atención y ceguera a la elección.

Un ejemplo de ceguera por el movimiento lo puedes ver aquí. Si miras fijamente al punto verde que parpadea comprobarás cómo los puntos amarillos fijos van desapareciendo alternativamente. Es un ejemplo claro de ilusión de invisibilidad.

La ceguera al cambio es, si cabe, más espectacular. Un trabajo especialmente conocido es el truco de la carta que cambia de color, diseñado por Richard Weisman, un neuropsicólogo que previamente se había dedicado a la magia. Puedes verlo pinchando aquí. Son tres minutos e incluye todo el proceso que permite llevarlo a cabo. Otro ejemplo de este tipo de ilusión proviene de un anuncio de la televisión inglesa con el que se pretendía aumentar la seguridad hacia los cicloturistas. En él se recrea la escena de un crímen y el espectador debe intentar contar todos los cambios que se suceden en el decorado durante el escaso minuto que dura la escena. Con él pretendían hacer llegar el mensaje de que a pesar de prestar una gran atención, existen multitud de cambios alrededor que nos pasan desapercibidos, por lo que deben extremarse las precauciones. Puedes verlo pinchando aquí e intentar captar todas las variaciones que tienen lugar. Verás que es toda una sinfonía.

El caso opuesto a este último lo representa la llamada ceguera por atención. En el siguiente vídeo verás dos equipos de baloncesto de cuatro personas, unos con camisetas blancas y otros con camisetas negras. Durante treinta segundos escasos debes concentrarte en contar los pases que hacen entre sí los miembros del equipo de blanco. Pero debes prestar especial atención y no descuidarte en ningún momento, porque los movimientos se entrecruzan y es difícil no perder la cuenta.

 

 

 

 

No, apenas nadie ve al oso. Hay quien incluso conociendo el juego, si presta la suficiente atención, consigue no volver a verlo. 

(Al Pacino, en una entrevista hace unos años, decía que la felicidad estaba en la concentración.)

(Mientras avanza la charla me pregunto, tibiamente, para qué servirán todas estas investigaciones, todos estos experimentos. Cuál puede ser su utilidad. Me fascino por el conocimiento, por la extrañeza que suponen, pero no puedo dejar de buscar una aplicación. Me avergüenzo al momento de la falta de perspectiva. La atribuyo a la hora, al cansancio. Me preocupo.)

El último caso de ceguera del que se habló fue el de la ceguera a la elección. La base de este experimento la desarrolló el equipo de Petter Johansson, y su diseño, en esencia, es bastante sencillo. Uno de los experimentadores enseña a los voluntarios dos fotos de personas diferentes aunque con cierto parecido y les pide que escojan aquella que les resulta más atractiva. El proceso se repite con varias parejas de fotografías y, después, se les pide que expliquen los motivos de sus distintas elecciones. Los voluntarios se quedan con las fotografías que eligieron, pero el experimentador está entrenado para cambiar algunas de ellas por las que desecharon. En la mayoría de las ocasiones, cuando los voluntarios explican las razones de su elección, no reconocen el cambio, y lo que hacen es confabular para justificar la elección que en realidad no han hecho. Uno de ellos, por ejemplo, al serle mostrada una mujer rubia, aseguró que la escogió debido a que él prefería a las mujeres rubias, cuando en el momento de la elección había escogido a una mujer morena apuntando precisamente que prefería a las mujeres de pelo más oscuro.

Y ésto es lo que sucede en la superficie, en la ausencia de patología. Aún más fascinante es lo que ocurre al profundizar. Oliver Sacks es un famoso neurólogo que ha escrito numerosos libros sobre casos clínicos, alguno de ellos llevado al cine como en la película Despertares, con Robert de Niro. Su obra más conocida, sin embargo, sea seguramente “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero“. Este título corresponde a un ejemplo real, que fue aprovechado incluso en la serie Ally McBeal para ilustrar un caso en el que un hombre golpeaba a su mujer porque confundía su cabeza con un balón. Es un ejemplo extremo de lo que se conoce como prosopagnosia, o incapacidad para reconocer las caras. Otro ejemplo aún más raro es el llamado Síndrome de Antón, o anosognosia, en el que una lesión cerebral da lugar a lo que se conoce como ceguera cortical. En este caso los pacientes están imposibilitados para ver, pero son incapaces de reconocer la enfermedad, tanto a otros como a sí mismos, y confabulan, inventando situaciones o imágenes que realmente no pueden captar pero con las que pretenden rellenar ese hueco sensorial.

Durante la charla alguien pregunta si, conociendo todo ésto, podemos realmente fiarnos de los testimonios de un testigo en un juicio. Martínez-Conde responde tajantemente que seguramente no. Comenta que se hizo un estudio en el que se preguntaba a los voluntarios la velocidad a la que circulaban dos coches, uno rojo y otro verde, que sufrían un accidente. Pero las preguntas se podían formular de dos maneras diferentes. En la primera se les preguntaba simplemente por la velocidad que llevaban antes de chocar. En la segunda, sin embargo, se  les consultaba sobre la velocidad que llevaban antes de que el coche rojo se estrellara contra el verde.  En este segundo caso, el coche rojo parecía ir mucho más rápido que en el primero. (Hoy, en El País, un artículo recoge que el 80% de las condenas a inocentes se debe a un error de identificación, aunque aquí se mezclan otras causas, más emocionales, más relacionadas con la memoria que con la propia percepción.)

Si hay una ciencia social, es la neurociencia.

 

 

Las palabras mágicas son: amor, humor y libertad.

¡Mezcla, mezcla, que tú has venido aquí a mezclar!

¿Has traído tu dedo índice?

Juan Tamariz.

 

En la segunda parte de la charla, el protagonista fue el mago Miguel Ángel Gea. La interdisciplinariedad enriquece la comunicación, no cabe duda. El mago comenzó su intervención agradeciendo a los científicos el estudio de su disciplina. Sus investigaciones les están permitiendo empezar a  conocer por qué funcionan sus trucos. Unos trucos de los que durante años prácticamente lo único que sabían era precisamente que funcionaban.

Es un empirismo tan puro, y un agradecimiento tan creíble, que vuelvo a preocuparme y avergonzarme por mi transitoria falta de perspectiva. Por mi sesgo de inmediata utilidad.

Nos comenta que la magia se basa en tres pilares: elementos técnicos, habilidad e ingenio. Y que pueden mezclarse o usarse independientemente. Que pueden adaptarse. También que en muchas ocasiones los trucos se basan en un condicionamiento. Para hacer desaparecer una moneda que va de una mano a otra, primero hay que mostrar el movimiento varias veces. Después, sin modificar aparentemente nada en ese proceso, es cuando puede desarrollarse el truco. Si la moneda va de una mano a otra, de izquierda a derecha, y si siempre se muestra en una mano o en otra, el cerebro acaba rellenando la información que le falta y le otorga un lugar a dicha moneda. El condicionamiento previo permite que una ligera e imperceptible modificación provoque la sorpresa.

(Pienso en N., científica, que cree en los horóscopos pero que, paradójicamente, se niega a ver cualquier tipo de truco. Porque se escapa a su control, dice.)

También el uso del humor, como parte de un espectáculo, pero también como distracción. Alguien comenta que durante la risa baja notablemente la atención. Pienso en el concepto de la risa como ceguera. Y también en aquello que escuché una vez: los que se ríen son más felices, porque al achinar los ojos, sólo es una mitad del mundo la que ven.

Pero eso seguramente sea otro tema distinto. Para otra ocasión.

El de hoy es el convencimiento de que vivimos en Matrix. Y el primer paso es reconocerlo. El segundo, seguramente, seguir conociéndolo.

 

 

 PD: En el turno de preguntas alguien comentó que los indígenas americanos no podían ver las carabelas españolas al llegar a sus costas. No porque consiguieran esconderse, sino porque nunca antes las habían visto, porque no las conocían. Martínez-Conde respondió que ya había oído esa historia otras veces, pero que científicamente era imposible, que no suponía más que una leyenda urbana. El responsable del museo dudó también de la historia, porque se sabe que los mayas, en aquellos tiempos, ya fabricaban barcos parecidos. Miguel Ángel Gea estuvo de acuerdo en que seguramente fuera una leyenda. Luego, sonriendo, añadió: pero qué bonita.

 Por JMG 

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